By Kate Bolick

Kate Bolick grew up pondering that she could someday get married. She even deliberate to do it earlier than she became thirty. She may provide herself until eventually then to review, test, and judge what she desired to do together with her specialist lifestyles. notwithstanding, whilst she reached thirty her wish to get married had evaporated. a brand new decade packed with ambition lay earlier than her, and marriage grew to become a nuisance. Bolick has now not written a self-help booklet or an inspirational advisor. via her reviews, she manages to give an explanation for how the literature of Edna St. Vincent Millay, Maeve Brennan, Edith Wharthon, Neith Boyce and Charlotte Perkins Gillman helped gas her ardour. She discovered to not search via others yet herself, to dwell as a girl who doesn't desire someone else to aid her construct her identity.

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La hermenéutica del sujeto

Cátedra en que Foucault pretendió mostrar las técnicas, los procedimientos y los fines históricos con los que un sujeto ético se constituye en una relación determinada consigo mismo, y formulation l. a. pregunta: ¿y si las luchas de hoy no fueran luchas contra las dominaciones políticas e ideológicas, contra los angeles explotación económica, sino luchas contra los angeles sujeción identitaria?

Modernity, Pluralism and the Crisis of Meaning: The Orientation of Modern Man

Certainties of orientations are eroding, identities are being puzzled. The expanding pace of social improvement is giving upward push to such trends by way of altering common constructions and social certainties validated through the years. conventional wisdom -- that is handed on from one iteration to the following through the church, the kingdom, colleges and households -- is changing into outmoded at an accelerating velocity.

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Los hombres tienen sus propios problemas y éste no es uno de ellos. Al principio, la pregunta de con quién casarse se presenta como un teatrillo: una niña que saca un vestido de Blancanieves del baúl de los disfraces y que canta Mi príncipe vendrá ante un público imaginario de enanos culones. En la belleza, deduce, residen su poder y su encanto, y un novio guapo es la recompensa justa. Después, se da cuenta de que un vestido de poliéster inflamable con enaguas de tul no la convierte a una en princesa de verdad y de que la belleza reside en el ojo de quien mira; es decir, descubre su valor de mercado.

Cuando vi al equipo femenino de fútbol de la escuela calentando en círculo, con una chica en el centro dirigiendo los estiramientos, decidí que algún día yo también sería capitana de un equipo. En octavo se me pusieron curvas de guitarra, algo de lo que me enteré mientras nadaba en la piscina de la residencia para jubilados de mis abuelos, en Florida. Dos universitarios surgieron de la nada, se lanzaron en bomba al agua y volvieron a la superficie con el pelo destellante. —A ésa va a haber que atarla corto —dijeron con lascivia y lo suficientemente alto para que mi madre, que leía sobre una tumbona, los oyera.

La misma rayuela de casualidad e instinto me había llevado a toparme con mis cinco despertadoras y, hasta mucho después de pasar New Haven, estuve sufriendo una variante de fobia al compromiso, o remordimiento del comprador, al hacer repaso de todas aquellas que podrían haber sido, músicas, artistas y pensadoras tan interesantes como las que había elegido. Este planteamiento ad hoc había descartado multitud de candidatas perfectamente aceptables. Por ejemplo, Mary McCarthy, la encarnación imaginaria de muchas niñas ratón de biblioteca, aunque una mañana me sorprendí frente al espejo del baño pensando en un pasaje de sus Intellectual Memories [Memorias intelectuales] como si fuera mío: «Estaba siendo ya algo bastante alarmante.

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