By Arturo Pérez-Reverte

El oro del rey is the fourth installment within the sequence Las aventuras del Capit?n Alatriste, the main greatly learn novel sequence within the nineties. during this e-book, P?rez-Reverte's hottest hero returns from Flanders and undertakes a deadly undertaking in Seville, the main attention-grabbing 17th century urban. His is charged with recruiting a motley staff of courageous swordsmen for a dicy activity regarding the contraband gold that the Spanish galleons deliver from the Indies.

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Poco amigos de cantarle coplas a un escribano. Jaqueta movió afirmativo la cabeza, el aire entendido. –¿Cuántos? –Me cuadra la docena larga. –Negocio grande, parece. –No pretenderá vuestra merced que busque semejante jábega de marrajos para acuchillar a una vieja. –Me hago cargo... ¿Hay mucho riesgo? –Razonable. El bravo arrugaba la frente, pensativo. –Aquí casi todo es carroña –dijo–. La mayor parte sólo vale para desorejar mancos o darle cintarazos a sus hembras cuanto traen cuatro reales menos de jornal –señaló con disimulo a uno de su grupo–...

Pasamos junto a ellos al entrar al patio, y no se me escapó la mirada curiosa que el grupo dirigió al capitán Alatriste. En el interior, la sombra de los naranjos y la amena fuente cobijaban a una treintena de prójimos calcados a los de la puerta. Era aquélla lonja de aceros donde se descartaban hombres de palabra y se daban pólizas de vida al quitar. Allí, el que menos estaba retraído por abrirle a alguien una zanja de a palmo en la cara, o por aliviar almas de su corrupta materia. Cargaban más hierro que un espadero toledano, y todo eran coletos de cordobán, botas vueltas y sombreros de mucha falda, bigotazos y andares zambos.

Sólo me habría gustado disponer de tiempo para un acto de contricción en regla, más para eso no quedaba espacio. Así que solté el fiador del herreruelo, inspiré profundamente, me persigné y saqué la espada. Lástima, pensaba entristecido, que el capitán Alatriste no pueda verme ahora. Le habría gustado saber que el hijo de su amigo Lope Balboa también sabe morir. –Vaya –dijo Malatesta. Su comentario se quebró en un sobresalto cuando afirmé los pies y le tiré una estocada que le pasó la capa, y no se lo llevó a él por delante a cuenta de una pulgada.

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